Corría el año 1985...
Andaba yo por los 15 años y estudiaba 1º de Formación Profesional en un colegio religioso (era el único que había en el pueblo y no estaba la cosa para irse a estudiar fuera, así que había que tragar).
Estábamos precisamente en clase de religión, y el Hermano Lorenzo (con sus barbas y sus gafas de pasta) acababa de encalomarnos un nuevo trabajito: leernos la Biblia de cabo a rabo y hacer un resumen de cada uno de sus libros, cosa que como se puede imaginar nos alegró el día brutalmente.
Sintiéndose quizás un poco compadecido, el Hermano Lorenzo repartió a continuación por las mesas una serie de trabajos de años anteriores referidos al mismo tema y que nos podían servir de guia a la hora de realizar el nuestro.
Fue entonces cuando, ya con uno de dichos trabajos entre las manos, a mi amigo Manolo y a mi se nos ocurrió la misma idea: distraer subrepticiamente el mismo para digamos.. ejem... usarlo de inspiración. Dicho trabajo había sido realizado casualmente, por Perico, un amigo nuestro que estaba un curso mas adelantado, y su calificación era de un 6,5.
Esa misma tarde me puse manos a la obra. Cogí la máquina de escribir, un tocho de folios y hale, a darle a las teclas (si, teclas de las que había que empujar con fuerza, no acariciarlas como las de un teclado).
En unos días estaba el trabajo listo, así que le pasé el original a Manolo para que él hiciera su parte, pero parece ser que no estaba muy por la labor de escribir y se limitó a cambiarle las tapas por otras con su nombre y curso....
Mi nota fue de 7.
Manolo tuvo un 8,5.
Perico se mosqueó un poco cuando se lo contamos, pero bueno, la vida es así....
